lunes, 8 de junio de 2020


¿Sabés qué? Ya no corro, aunque se me vaya el colectivo, el tren tarde otros treinta minutos en venir, o la vida se pase sin mí, no, yo no corro. Porque vivo llegando tarde. A la fiesta sorpresa de cumpleaños que me hicieron a los quince, a la plaza donde me besaron por primera vez, a tu vida; vivo llegando tarde a los eventos importantes de mi vida. 
Pero te juro que lo intente. Érase una vez que corrí para no llegar tarde, pero el colectivo y el tren me cerraron la puerta en la nariz, y la vida decidió no esperar por mí. Corría hasta que no podía sentir las piernas y me tropezaba, las rodillas me sangraban y todo me dolía. Y lo intente tan duro que al final terminaba temblando en una esquina mientras veía el colectivo, el tren y la vida dejarme atrás una vez más. 
Así que ya no corro más porque siempre llego tarde y estoy cansada de acurrucarme en la oscuridad esperando que, algún día, me cambie la suerte y deje de llegar tarde. Porque siempre llego tarde y alguien ocupa mi lugar.