Tenía un sueño. Jamás lo cumplí. Pero
tenía un sueño una vez cuando era pequeña y menos rota, menos descocida y, tal
vez, menos hija de puta. Tenía un sueño y murió.
Todavía puedo recordar aquel día y el
sabor del chocolate mezclado con la sangre en la punta de mi lengua, las risas
retumbando en mi cabeza y el barro en mis zapatillas blancas. Y cerré los ojos
y ahí estaba, pero ya no está y el corazón se me encoge del dolor y no hay más
que vacío en esta soledad que no me deja en paz y no está más, ya no estás más.
Porque tenía un sueño y murió, creo que lo deje morir. Así que sí, todavía
puedo recordar aquel día y el sudor, las lágrimas, la desesperación y el
silencio. Mis zapatillas manchadas de barro. La sangre en mi boca. El chocolate
manchando mi cara. Y las risas que se fueron apagando hasta que ya no pude
escucharlas, hasta que ya no pude ni escucharme a mí misma gritando que
volvieran.
Estaba algo rota cuando tuve ese sueño,
ahora puedo admitirlo, pero me gustaba jugar a que era una niña entera y llena
de cosas buenas. Bueno. Ahora también puedo admitir que siempre fui una gran
mentirosa. No estaba entera ni llena de cosas buenas, había nacido maldita y
algo cínica. Pero tenía un sueño y murió. Estaba ya medio descocida cuando ese
sueño comenzó a morir, algunos trataron de darme un par de puntadas, pero era
tarde. No había aguja ni hilo que pudiera arreglarme. Y, sin duda, nunca fui
menos hija de puta. Siempre fui enteramente hija de puta, egoísta, con malgenio,
cínica, manipuladora y, ¿por qué no?, algo estúpida. Y murió. No pude hacer
nada para salvarlo, ni para salvarme. Tenía un sueño y murió.
Y lo deje ir. Porque cuando los sueños
mueren hay que dejarlos ir y ser libres.
(Ojalá algún día yo lo sea también.)